Carta de Ezequiel Perteagudo al General Perón

Buenos Aires 12 de diciembre 1967

Querido amigo:

El episodio vivido por monseñor Podestá me impulsa a escribirle. Seguramente usted estará enterado por la prensa de ciertos detalles. Yo quiero relatarle algunos entretelones que condujeron los hechos a la actual situación, de la cual trataremos de sacar el mejor partido, de acuerdo con el mismo monseñor Podestá.


A fines de julio, a instancias de algunos ministros que deseaban que Podestá hablara con Onganía, se concertó una entrevista en el despacho de éste último. La misma fue muy dura. Muy nervioso, temblándole los labios mientras hablaba ( esto según relato de Podestá), Onganía se expresó con violencia. Le manifestó a Podestá que era el “enemigo más peligroso que tenía la Revoluci6n Argentina”. Que los Balbín y los Illía no le preocupaban. Lo instó a no “meterse” en política, y ya que lo hacía que le indicara qué era lo que, a su entender y saber debía hacerse. Podestá le manifestó que allí estaban las Encíclicas sobre todo la Populorum Progressio y que con ellas bien se podía gobernar…Le recordó, asimismo que, por otra parte, él, Onganía, se había comprometido a hacerlo así.


Luego de este episodio, algunos oficiales de Campo de Mayo le preguntaron a Onganía qué alcances había tenido la conversación con Podestá. Aquel respondió con un memorando en el que aseguraba que le había exigido al obispo de Avellaneda que no se extralimitara en sus funciones de sacerdote y que no es metiera más a hablar contra la Revolucí6n Argentina.


La actividad de Podestá fue, en todo caso, por lo menos una prueba de que las exigencias si habían existido, no preocupaban demasiado al obispo. De todas maneras Onganía hace más de dos meses viene informando a amigos que ya lo tiene “cocinado” al obispo. Lo cierto es que entre las altas jerarquías preconciliares de la Iglesia Argentina y el gobierno, se ha establecido una táctica tendiente a deshacerse de Podestá. Hay evidencias de un acuerdo entre el gobierno, monseñor Plaza y el Nuncio. He aquí los hechos. Hace ya unos seis meses me llamó Basilio Serrano para interesar, a través mío a algunos amigos en la compra del Banco Popular de La Plata. Le pedí una confimaoi6n de que realmente había posibilidades de quedarse con la institución y él, al cabo de un tiempo me informó que los liquidadores del Banco Central estaban trabajando en la mencionada institución y que no había ningún tipo de solución. Que dada la circunstancia, los antecedentes y la resolución final estaban ahora en manos de Onganía.


Se esperaba, pues, un escándalo en el cual estarían involucrados Plaza y Mozzoni, ambos asociados al amigo Rogelio Frigerio en el negocio Lo cierto es que el escándalo no se produjo y que -según se afirma- los problemas del Banco Popular de La Plata estarían en vías de arreglarse Ello habría sido posible mediante un intercambio de favores a. Plaza y al Nuncio. Le moverían el piso a Podestá y el gobierno haría la vista gorda en el caso del mencionado Banco, facilitando “arreglos”.


Cuando el Nuncio le solicitó la renuncia, Podestá viajó a Roma para entrevistarse con el Papa. Esta entrevista se realizó y pese a que algunas agencias extranjeras aseguran que no. El Papa (que se halla bastante mal, al punto de que se teme por su vida) le aseguró a Podestá que nada pasaría, que se volviera tranquilo a la Argentina; que él le dispensaba su confianza y que le respondería una carta que este le había entregado explicando los hechos. Tres días después de haber regresado Podestá a Buenos Aires, se recibe de Roma la aceptación de su renuncia al obispado de Avellaneda. Ello motivó una declaración de Podestá,-acusando al Nuncio y afirmando que su renuncia solo sería válida cuando fuera recibido por el Papa. Esta exigencia se debió al hecho de que la aceptación de su renuncia la firmaba monseñor Cicognani quien tiene a su cargo el manejo del Vaticano, mientras dura la convalecencia del Papa. Gicognani es preconciliar y con é1 Plaza y el Nuncio arreglaron los detalles de la renuncia de Podestá que iba a negarse a entregar el obispado. Una posterior confirmación de la aceptación de su renuncia -también firmada por Cicognani- lo hizo desistir. Entiende é1 que esto hubiese podido crear un conflicto de imprevisibles alcances. La decisión de Podestá no pudo ser modificada y así entregó el obispado.


Aparentemente han ganado el gobierno y el sector preconciliar de la Iglesia. Pero tanto aquel como éste se han equivocado y el gobierno ya tiene que pagar su error. Pero lo cierto es que el suceso ha creado un nuevo motivo de efervescencia, no solo en el clero, sino que en todos los niveles ciudadanos. Podestá está ahora a la espera de hechos concretos por parte de los sectores políticos y sindicales, en el sentido de buscar salidas a la situación nacional para sumarse, desde su ángulo de sacerdote a las mismas. Por eso se quedará. en la Argentina manteniendo contactos con los sectores postconociliares de la Iglesia y tratando de acrecentar su influencia.


Creo que si hacemos avanzar el encuentro que propiciamos entre todos los sectores nacionales vamos a cumplir con nuestra parte.


Sus palabras de guía y aliento tanto para mí como para Alberte permitirán—seguramente- hallar los caminos más rápidos.


Reciba de mi parte los recuerdos más afectuosos.

Ezequiel Perteagudo